Todos en esta ciudad, o una considerable mayoría, fingimos que nos olvidamos y cuando volvemos a encontrarnos es como si recién nos conociéramos, como si nunca en la inmensidad del Universo hubiésemos sabido o pensado sobre la existencia de aquellos que despreciamos o nos desprecian.
No es un asunto relevante, pero sí un tanto curioso y debe ocurrir, tal vez porque estamos aburridos del inconveniente que implica entendernos y tolerarnos o simplemente debido a que nos incomodan ciertos humores, conversaciones, vestidos, amaneramientos, neurosis e incómodas certezas del prójimo sobre nuestras personas que a conveniencia olvidamos deliberadamente.
También están a los que la rutina los ha vuelto familiares, aquellos que conocemos sin conocer, gente que a la vista de la costumbre pasan por el camino de nuestras calles a través de los años y observamos cómo van sufriendo la transformación del tiempo y seguramente nosotros tampoco pasamos desapercibidos a sus juicios y valoraciones, también sin conocernos. Resultaría inaudito que sorpresivamente nos detuviésemos a conversar animadamente sobre cualquier trivialidad como el clima o los bemoles del tráfico.
La injusticia del devenir del pueblo grande, consiste en ese frustrado anhelo inconciente de querer tropezarnos con los peatones deseados, los que se fueron del ir y venir por estos caminos que no van a ningún lugar pero que son parte del tránsito de cada día. Entre esos extraviados que no olvidamos están los amigos del pasado, las amantes de mirada profunda, los vecinos que nos perdonaban todo y las mujeres que nunca nos devolvieron el único beso con el que juramos una pasión eterna.
Cada día una calle y no sabemos quién estará a la vuelta de la esquina.
sábado, 28 de noviembre de 2009
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